RECREO

lunes 19 de marzo de 2012

UN MOMENTÁNEO DESFASE GENERACIONAL



TESIS: En el siglo XXI se ampliaron brutalmente las diferencias entre dos generaciones. Es decir, los que nacimos con el internet somos más diferentes a nuestros padres que ellos de de los suyos.

COMPROBACIÓN: Según Román Gubern, la electricidad tardó alrededor de 50 años para generalizarse en los países desarrollados. La televisión y el teléfono también tardaron algunas décadas. En cambio el internet, en menos de 9 años, se generalizó y se hizo una realidad en la mayor parte de los jóvenes. Hoy, en la segunda década del siglo XXI, la mayor parte de los usuarios de internet son los adolescentes, los jóvenes y los jóvenes adultos.
Ahora bien, la electricidad o la televisión no se comparan con el internet. Tener o tener electricidad, en el siglo pasado, no significaba más que una diferencia de estatus económico. En cuanto a la televisión, por un lado entretenía a la gente, la educaba a través de las imágenes con el cine clásico, la informaba con algunos buenos noticieros, pero por otro lado la alienaba porque la mayor parte de la programación televisada era –y es- estiércol. Por lo tanto, la brecha ideológica que separaba a un individuo o una familia con televisión de todos aquellos que no la tenían, era mínima si la comparamos con la brecha que abrieron las nuevas tecnologías de la información.
Con la invención y desarrollo del internet, nunca antes una generación en la historia de la humanidad había sido tan diferente a la anterior, y esa generación fuimos los que nacimos en los ochentas de padres que nacieron en los cuarentas, cincuentas y sesentas.
Ellos fueron hijos de la guerra fría y del 68, y nosotros de youtube, google, wikipedia y facebook. Ellos tenían que caminar grandes distancias y pasar horas consultado cientos de volúmenes viejos para buscar una información específica. Nosotros con un simple click podemos leer toda la biblioteca de Alejandría.
La red es un mundo de información, entretenimiento, cultura y miles de posibilidades más –incluyendo las posibilidades nefastas- que ninguna generación anterior a la nuestra ni siquiera soñó con tener acceso. Y si bien no por el simple hecho de ser usuarios de internet nos convertimos en personas informadas y críticas, es indudable el impacto que tuvo la red para desfasar a dos generaciones como la nuestra y la de nuestros padres. Ellos todavía están en el planeta Tierra y nosotros ya cruzamos Marte.
Sin embargo, ese desfase generacional ya se está borrando: ahora los hijos del internet están comenzando su producción poblacional y sus hijos serán tan cibernautas como ellos. Algunos sabrán utilizar el internet de manera apropiada y otros de cualquier forma se mantendrán en las cavernas -todo depende de la formación de los padres-. Otra posible eventualidad es que surjan otras tecnologías paralelas al internet, o que el internet cambie tanto que, a los que hoy tenemos entre 18 y 30 años, nos resulte difícil su manejo y nos veamos tan torpes como hoy se ven nuestros padres ante el ordenador.
Ya veremos qué pasa.

viernes 9 de marzo de 2012

EL ARTE DE DES-AMAR


El orgasmo, esa utopía perfecta que se desvanece justo cuando se consigue, puede ser un estupendo detector de imbéciles.
En efecto, hay un antes y un después del orgasmo en donde nuestra humanidad es puesta a prueba. El antes consiste en el esfuerzo sobrehumano, animal, instintivo por llegar a la “muerte chiquita”. En ese momento los dos amantes bailan la danza de los cisnes (supongamos que se trata de una relación normal). Desaparece el mundo y sus fisuras (supongamos que se trata de sexo normal), desaparece el suelo y se abre el cielo. En ese momento lo damos todo por el otro: las manos, la lengua, los labios, el cuerpo entero ardiendo en el colchón ritual (supongamos que es una cama).
Por un lado renunciamos a nosotros mismos en el acto sexual, nos dejamos tragar, y por otro, nos convertimos en despiadadas máquinas consumidoras de placer. El coito podría ser un paréntesis de la existencia, una estrella fugaz en el terrible firmamento de la cotidianidad. O bien, también podría tratarse del máximo reafirmante del impulso de vivir, del élan vital, del eros contra el thanatos. Y surge otra paradoja: aquella que, según algunos filósofos como Bataille, emparenta el máximo impulso de vida con el máximo impulso de muerte. De ahí la expresión francesa referida al orgasmo como “petite morte”.
Pero esto es filosofía. En el mundo concreto del sudor y el pudor, en el altar ritual de madera y de esponja, la mayor parte de los amantes sobreviven la experiencia, aunque eso no significa que salgan absolutamente indemnes: la desnudez compartida, el movimiento de dos cuerpos unidos con su repertorio de sonidos, visajes, caricias etc, más aparte la muerte chiquita (suponiendo que la consigan ambos), es de los pocos temas que, en Occidente, nos pueden arañar el alma –y también quitar el mal humor-.
Todo esto es el antes: el impulso, la artimaña, el juego y, sobre todo, el convencimiento de que las cerezas tienen que reventar. Para estar en este punto, no es necesario ni mucho talento, ni mucha cabeza: los impulsos hacen su propio esfuerzo y pueden llegar a ser sumamente elocuentes. El animal corre desnudo por la sabana africana. El pom pom del tambor resuena. Somos otros, y luego…la devastadora explosión de los volcanes. La soportable levedad del ser: la utopía ha sido conseguida, lo cual también significa que pronto desaparecerá y, con ella, la máscara del placer.
Poco a poco llegamos al “después”. Ahora estamos en el punto medio, en el clímax, en el cénit, pero nuestra química corporal vuelve a su normalidad a un ritmo devastador. El élan vital se evapora y lentamente desaparecen las ganas de bailar. Ya no hay cerezas en el árbol de la primavera express. En el caso de los machos de viuda negra, es mejor que corran cuanto antes porque si no serán devorados. En el caso de muchos hombres, puede surgir aquella tristecilla rara que los romanos bautizaron como “tristeza post-coitum”. Ya estamos de lleno en el “después”: de vuelta al planeta, de vuelta a nuestros huesos, a nuestro cuerpo en su finitud.
Para mi gusto, es aquí donde surge la verdadera desnudez: aquella que es brutal, pura, que se manifiesta sin endorfinas, sin testosterona ni estrógenos. Desnudez llana, que brincó el mar del placer y volvió a tierra aun más desnuda: volvió sin aquello que la motivaba a estar desnuda.
Con nuestras ideas sucede algo similar: ya perdieron el élan y ahora cuelgan de la mente con sus propios cables, sin reforzadores, sin pretextos. ¿No es, acaso, un momento extraordinario para ser heroicos?
Pocas oportunidades tenemos los seres humanos para demostrar lo que valemos que en el momento “post-coitum”. Es ahí donde el hombre se puede ver a sí mismo, sin disfraces, y elegir dos caminos: el del disimulo o el del humanismo, el de la vergüenza o el del altruismo, el de la imbecilidad o el de la inteligencia. Es, además, una prueba estilística: ahí se manifiesta nuestra metodología de vivir.
¿Qué hacer? Aceptar la desnudez, valorarla en su transparencia, sin sarcasmos, sin mascaradas. Aceptar nuestra condición volátil compuesta de lo efímero, no renunciar al otro, al contrario, estar ahí por él. Ahorcar el miedo, la duda eterna, y abrazar la tolerancia y la comprensión. Despreciar la vergüenza que inmoviliza y matar a puñaladas cualquier sentimiento de culpa.
Ese es el arte de des-amar.

APRENDER LENGUAS



1. Se expande el ser aprendiendo lenguas. El pequeño ser nacional, local, cargado de los juicios y prejuicios propios de su logos específico, se resquebraja, sale del huevo y forma un huevo mayor, a través de cual puede ver lo que era y lo que es.
2. Aprender lenguas es penetrar en el espejo, estar detrás de él y vernos a nosotros frente a frente, captando el momento fugaz de la auto-representación.
3. Las lenguas son las puertas de las culturas. A través de ellas podemos ver el espíritu en movimiento.
4. Con el aprendizaje de lenguas asistimos a la inauguración del otro, al que sólo es posible acceder a través de su lengua.
5. Algunos dicen que aprendiendo lenguas uno deja de ser “uno mismo”. Pero en realidad uno nunca es del todo “uno mismo”. El “uno” es un proceso, no un suceso, un proceso que nunca termina. El uno es una construcción. Es inestable. Se construye constantemente. Y con el conocimiento de otras lenguas podemos tener acceso a un material de construcción del “uno mismo” que de otra manera hubiese sido imposible.
6. Conocer otra lengua, entenderla, hablarla, escribirla, es como abrir una dimensión paralela. Uno está donde mismo y al mismo tiempo está en otro lugar. Uno emigra en automático a una zona nueva, con nuevos conceptos, coordenadas culturales, y al mismo tiempo lleva la aldea local en la espalda.
7. Aprender lenguas es un gesto de curiosidad cultural genética: queremos saber lo que esconden esos sonidos y grafías que no comprendemos. Queremos acceder al otro, al yo que es otro.

AUDIOLIBROS



A. VENTAJAS: Si estamos cansados y no tenemos ganas de leer, podemos recurrir a un audiolibro. Si viajamos, se apagan las luces y no traemos lámpara, podemos utilizar nuestro celular -o cualquier artefacto tecnológico para el caso-, ensamblarnos los audífonos y listo. Incluso puede funcionar como canción de cuna y arrullarnos en la cama.
También se puede utilizar en el transporte colectivo, esas horas muertas diarias en las que uno va luchando contra el desequilibrio espacial y no puede leer, ni beber, ni tirarse un pedo. Entonces con unos simples audífonos bien colocados podemos escuchar un audiolibro y no perder el tiempo.
Ese puede ser un punto básico de las ventajas del audiolibro: la inversión de tiempo. En la vida cotidiana nos enfrentamos a muchas situaciones que ocupan algunos de nuestros sentidos y otros los dejan sueltos. Volviendo al ejemplo del transporte colectivo: nuestras manos están ocupadas y coger un libro se vuelve difícil por el movimiento brusco de la guagua. Sin embargo, nuestros oídos están libres, y en lugar de llenar la cabeza con las conversaciones baladíes de los demás usuarios, podemos aprovechar ese tiempo escuchando un audiolibro.
Lo mismo sucede cuando cocinamos: tenemos las manos ocupadas y generalmente no podemos preparar la comida y leer.
El audiolibro, por lo tanto, se convierte en la solución para todos aquellos que aman la lectura y les guste invertir bien su tiempo.

B. DESVENTAJAS: El audiolibro es la grabación de una lectura en voz alta hecha por otros, y quizá no compartamos en absoluto la idea específica de lectura de quien está leyendo. He aquí el meollo de la cuestión.
Leer en voz alta es un arte.
Cuando nos enfrentamos a un texto, nos enfrentamos a los símbolos, a los signos y a la semiótica. Por un lado están los símbolos directos –las palabras- y por otro los signos indirectos: la puntuación. Luego tenemos el problema del sentido. Tomando en cuenta estos tres elementos –símbolos directos, signos indirectos y sentido- es como elaboramos la práctica de la lectura. Pero el problema apenas comienza aquí.
El buen lector debe tener la capacidad suficiente para descifrar los símbolos, los signos y el sentido, pero con ello no logrará la maestría lectora. Con simplemente reproducir los símbolos sin equivocarse, respetar los signos y más o menos el sentido inmediato no se logrará una lectura plena. Hace falta algo más: engarzarse con el significado del texto.
Cada texto exige un tipo de lectura. La poesía no se lee igual que la prosa, un texto científico tampoco se lee igual que un guión de cine. Cada texto, en sí mismo, esconde las pautas para su lectura. Ahora bien, el lector modelo no sólo debe captar la “idea de lectura” del texto, además debe elaborar, a partir de su propio bagaje cultural, una idea propia de lectura. Es decir: el lector debe desarrollar una técnica especial de lectura, una filosofía que intente darle plenitud al sentido. De alguna manera, estamos hablando de una performatividad lectora: no basta con captar el sentido, hay que apropiárnoslo, bailar con él, hacerlo nuestro, tragarlo, y luego expulsarlo con la huella propia. Hay que “actuar” la lectura, y para ello es necesario desarrollar una filosofía personal del significado del acto de lectura.
Cuando escuchamos audiolibros, por tanto, nos podemos enfrentar a una lectura muy mediocre que arruine el significado.
El libro como tal, sobre todo el libro literario, es un artefacto acabado, que pasó por muchas pruebas estilísticas para llegar a nosotros. La disposición de sus palabras y sus ideas es la única disposición posible, es la huella de un estilo específico que no podemos cambiar. A Bukowski no le podemos quitar las groserías porque éstas son parte del estilo bukowkiano.
El libro literario, como artefacto simbólico y sígnico material, es inmodificable. Y si la lectura, como argumentan los teóricos de la recepción, es el texto, en los audiolibros no siempre se cumple el axioma, y puede suceder que la lectura sea apenas una parodia del texto.
Ésta podría ser la principal desventaja de los audiolibros: una lectura deficiente que no resultaría agradable escuchar y que, además, arruinaría el sentido.

martes 28 de febrero de 2012

EL TAMBOR GENÉTICO


En el sexo nos suena el tambor: pom pom pom.
Cuando estamos frente al mar, cuando vemos una tormenta, un volcán estallar: pom pom pom.
Y con al fuego nos convertimos en chimpancés inmóviles frente a la flama roja que también nos ve, ella también tiene ojos, y nos penetra hasta el fondo del ser, y murmullan dientes de sable, dibujos en las cavernas, mamuts, el tambor: pom pom pom.
Con la violencia los fantasmas son expulsados en remolino: lanzas, hachas, el rojo de la sangre que es el rojo del fuego, de Marte: hay que probar el corazón del enemigo. Pom pom pom.
Hemos mimetizado los elementos en artefactos culturales: el fuego de la calefacción eléctrica, nuestro pequeño mar en el jardín: una alberca. La lluvia de la manguera y de la regadera. Echarse al agua siempre es un placer: nos salen escamas, la cola vuelve a tomar su lugar. La mar: nuestra madre y padre: pom pom pom.
Y el viento lo mimetizamos en los ventiladores, en la refrigeración.
Hay bomberos para apagar el fuego, pero nadie contiene las trombas del desierto, ni las inundaciones, ni mucho menos el fuego de los volcanes.
El tambor africano está en nosotros: seres de tierra, mar, viento y fuego. Respiración, temperatura, líquidos y cuerpo sólido, aunque la mayor parte es de mar.
¡Qué viento tan fuerte! Debemos hacer papalotes con Pedro Páramo y volarlos por los páramos de Comala. Y esa agua que cae hay que salir y mojarnos, o por lo menos ver la tormenta por la ventana, el agua desquiciada mojándolo todo, el trueno de fuego en el mar del cielo con sus trombas de viento.
Y ese volcán que arde, hay que bailar cuando expulse fuego: pom pom pom.
Nunca ha dejado de sonar el tambor.

domingo 26 de febrero de 2012

CAPITALISMO MIMÉTICO



Los chinos tienen un nacionalismo muy diferente, por ejemplo, al nacionalismo árabe. Claro, se trata de dos bolas culturales diferentes. Los árabes no tuvieron nada parecido al comunismo chino. Los chinos son más viejos que los árabes. Las religiones tradiciones de ambas culturas son diametralmente opuestas. Además los chinos tienen los ojos chiquitos y estirados, son lampiños y lacios, y los árabes tienen los ojos redondos y grandes, son de pelo quebrado y muy peludos.
No se qué tan cierto pueda ser, pero presiento que los árabes no son muy buenos tragadores de cultura ajena. Muchos de ellos ya se visten igual, a la occidental. Y también hay países árabes muy occidentalizados, como Argelia y Líbano. Pero por el otro lado, está el caso inverso de Arabia Saudita: tradiciones árabes en su pureza. Róbate un reloj y te corto el manito. En fin, todas esas costumbres que tanto enfadan a los fresas de occidente, como apedrear mujeres.
No se qué tan cierto pueda ser, pero presiento que la cultura árabe obliga al ser humano árabe –peludo, cabello negro- a no adaptarse tan fácilmente a otra cultura. Habrá algunos que les importe una mierda Alá –el camellero-, y sean más liberales que las putas de Holanda, pero –no se qué tan cierto pueda ser- presiento que un número muy elevado de ellos –supongamos el 60%- cuando emigran a otros países quieren seguir siendo lo que son: fuckin arabs.
Los chinos, en cambio, son harina de otro costal, o mejor, arroz de otro costal. Su religión es más filosofía que teología, y en nada se parecen el budismo y el islam. El primero fue creado cientos de años antes que el segundo, en las selvas de la India, por un poeta, un filósofo, un aristócrata que decidió renunciar al mundo y buscar la verdad de la vida. En el budismo la única violencia y conquista ejercida es contra el instinto. El islam, en cambio, fue creado por un camellero en los delirios de las fiebres del desierto: predica la conquista, la violencia contra los “infieles”, la “guerra santa”, la sumisión de la mujer al hombre y demás espejismo del Sahara. ¿Cuál es mejor? ¿Cuál es peor? Ese no es el punto: el punto era ilustrar la especificidad china.
Pero luego a los chinos se les aparece occidente. Y a la mierda la historia, mejor consultemos a la sabia literatura, que nos dice más sobre el carácter concreto de los pueblos, sobre el sentir nacional y los conflictos reales, que mil páginas escritas por un historiador.
En su estupenda novela “Vientos del Este, Vientos del Oeste”, Pearl S. Buck, una de las primeras mujeres en ganar el premio nóbel de literatura, pinta a la china de principios del siglo XX. Y no se trata de la típica viajera gringa con short, gafas y cámara fotográfica que va una semana a un país y cree conocerlo todo. Pearl S. Buck prácticamente nació en China: sus padres eran misioneros y desde los 3 meces abandonó EU para vivir nada más cuarenta años en China. Así que, suponemos, la señora Buck sí sabía de lo que hablaba, y de lo habla en la novela citada era de los conflictos entre los chinos de clase alta y clase media con respecto a Occidente. Por un lago, una parte de ellos quería seguir manteniendo la muralla bloqueando el avance de los bárbaros. Y por otro, un número creciente de chinos estudiaba medicina, química, física, biología etc en Occidente.
Al final ganaron los occidentalizantes, pero… fue una occidentalización a la china: tomaron lo que les convenía, lo hicieron chino, y lo demás lo desecharon. Después Europa y EU salieron con el rabo entre las patas: el dragón había despertado.
Hoy se supone que China sigue siendo comunista, pero –otra vez las paradojas confucianas- es un comunismo a la China: un comunismo capitalista. Esto lo único que significa es que el PC de China es el encargado de dirigir la economía, y lo ha hecho tan bien que en pocos años superaron económicamente a todos los países europeos ubicándose sólo por detrás de uncle Sam.
El dragón rojo tiene armas nucleares, un ejército como de 800 millones de soldados y prácticamente toda la ciencia de Occidente. Según Ted S. Fishman, en su obra “China S.A”, la biología contemporánea es una ciencia en manos de ancianos judíos que se la están transmitiendo a jóvenes chinos. Y me imaginó que lo mismo pasa con la física, la química, la medicina, programación etc.
Sin embargo, Europa y Estados Unidos ya están llorando: que los chinos no compiten en igualdad de condiciones, que son unos lacras, que ese no es capitalismo honesto y que, por lo tanto, de una vez y por todas hay que “protegerse”. Vaya, ¿Pero acaso los que inventaron el “free trade” no fueron ellos? Sí, argumentan, pero sencillamente ni Europa ni EU no pueden competir contra China debido a los bajos salarios. Ya se sabe la historia: miles de empresas que abandonan Occidente para instalarse en China, y para instalarse en el país de la muralla, tiene que exportar tecnología. Además: asociarse con una empresa China que, a la larga, en cuanto aprenden la tecnología, en ocasiones le da una patada en el culo a la empresa extranjera y la despacha por donde vino, como les ocurrió a los empresarios franceses de “foie grass”.
Los países más capitalizados del mundo le están teniendo miedo a China, y cuando quieren reprocharle algo, lo hacen con la voz bajita e hincándose un poco. Y ahora no contento el dragón con que miles de empresas importantes hayan dejado parados a millones de personas en occidente para irse a su país, se están dando el descaro de comprar empresas importantes europeas y estadounidenses. Es decir, ahora los chinos le dan trabajo a millones de europeos, estadounidenses y latinoamericanos.
Y bien: eso fue precisamente lo que imitó China con su gran capacidad de mímesis cultural. Con más de 200 años de experiencia con el capitalismo occidental, le enseñaron a ser dangalla, a no respetar acuerdos medio ambientales ni de sindicatos, a pagar poco por mucho trabajo, a robar tecnología, a piratear productos y venderlos a precios irrisorios. Antes sólo fabricaban productos de muy mala calidad, hoy ya lo fabrican todo: Mac, Sony, Nissan, Ford, Levi’s… ¿Qué esperaba Occidente? ¿Que aquellos a quienes les hizo y enseñó perradas iban a regresar en túnicas de seda orientales moviendo el vientre de alegría por la comunión de los pueblos?
Ellos les enseñaron el sucio juego del capital creyendo que nunca los superarían, y ahí están los resultados: aprendieron a jugarlo mejor. Una cosa muy china.

sábado 25 de febrero de 2012

LA DESHUMANIZACIÓN DE LA GUERRA



Antes: espadas, puños, patadas. Armas para el cuerpo. El cuerpo como un arma. El combate directo: espada contra espada. Cuerpo contra cuerpo. Dientes contra dientes, y la sangre de los dos bandos mezclada en el campo de batalla, “el sudor de la guerra”, según “El Cantar de Roldán”.
El enfrentamiento se daba, más o menos, en igualdad de condiciones debido al mismo desarrollo tecnológico. Y algunos pueblos, como los espartanos, que quisieron hacer de la guerra su forma de vida, de cualquier forma fueron derrotados. Los persas, los griegos, los egipcios tenían las mismas armas: espadas, dagas, flechas, escudos de metal o madera, cascos, caballería. La diferencia la daba la estrategia militar y la disciplina. El gigantesco e improvisado ejército persa de Darío no pudo contra el bien disciplinado y pequeño ejército de Alejandro. Al primero lo gobernaba un tirano, al segundo, un poeta educado por Aristóteles.
De cualquier forma, en muchas ocasiones, la victoria era contingente y se lograba a partir de un último y desesperado momento de inspiración. El Caballo de Troya, el que los griegos supieran nadar y los persas no, o el que los egipcios adoraran a los gatos y los persas comenzaran a sacrificar gatos en sus narices para que se rindieran.
Así fue posible la literatura épica. La literatura heroica, de la guerra, de las hazañas, de la destreza, de la humanidad y animalidad de los hombres, de la venganza y el orgullo, del eros y el thanatos, del sacrificio ritual, del necesario horizonte mítico para la salud espiritual de la especie humana, de la camaradería, del honor: “La Ilíada”, “El Cantar de Roldán”, algunos libros del “Antiguo Testamento”, “El Cantar del Mío Cid”…
La guerra antigua. Cuerpo a cuerpo, sangre por sangre, viendo la muerte enfrente, atrás, a los lados. Cuerpos mutilados, sin cara, sin nariz, la mitad de la mano, las entrañas en el piso, la mierda, los orines, los cuervos, los piojos, la peste acompañada de la poco higiene antigua.
Hoy: la guerra de los botones. El enemigo no tiene rostro, ni alma, se convierte en el “blanco” genérico. Los aviones echan las bombas y lo único que se ve, desde arriba, son manchas rojas. No se escuchan los gritos, no se ve la sangre, no se ve a la mujer embarazada vuelta una albóndiga sanguinolenta a mitad de la calle. El cuerpo ya no es un arma. No se necesita tanto entrenamiento. 6 meces rudos son suficientes para saber descargar un fusil. Los pilotos necesitan más tiempo, pero lo que hacen es muy sencillo: rescates, reconocimiento, traslado y bombardeo. Pero cuando se caen del cielo y llegan a tierra con vida, como aquella vez en cierto país de áfrica, vuelve la guerra directa: los lugareños se ensañaron: los arrastraban, pateaban, apedreaban, les sacaron los ojos, los desnudaron, los mutilaron…
Guerra moderna: una guerra a distancia, una guerra sin salir de casa. Una guerra en la comodidad del hogar, una guerra televisada, teledirigida, una guerra, quizá, ficticia, donde el herido nunca sabe quién lo hirió y el que hiere tampoco a quién hirió. Guerra de botones, de controles, guerra tecnológica, guerra de máquinas que disparan y no se ensucian. Guerra limpia: una bala certera en la cabeza, sin sangre, sin entrañas desparramadas, sin mierda.
Hoy Estados Unidos es el campeón indiscutible de esa guerra. Ellos cortaron el listón rosa con Hiroshima y Nagazaki. Los pilotos sólo abrieron las puertas bajas del avión y arrojaron dos objetos en forma de cohete.
Sin embargo, a veces les ha salido el tiro por la culata y han tenido que bajarse a tierra. Como en Vietnam. A pesar de echarle más bombas al vietcong que a los nazis, y además su respectiva dosis de napalm, tuvieron que bajar a la jungla, a la guerra antigua de los vietnamitas. Cuerpo a cuerpo. Sangre por sangre. Mentalidad asiática de guerra contra la mentalidad occidental. Obviamente, quedaron hechos mierda.